Vista de Bilbao con su paisaje urbano y la arquitectura de la ciudad.

Bilbao sin prisas: la ciudad que aprendió a mirar al futuro sin olvidar su pasado

· Un recorrido por las Siete Calles, la memoria de las inundaciones, el pasado industrial y la gastronomía de una ciudad que no deja de reinventarse. ·

Hay ciudades que parecen empeñadas en conservar intacta la imagen que tenemos de ellas. Lugares donde el pasado se convierte en su principal atractivo y donde cualquier transformación parece una amenaza para su identidad, Bilbao, sin embargo,  me produjo una sensación diferente.

Tenía una cuenta pendiente con el País Vasco. Llevaba años queriendo conocerlo, y no precisamente por sus monumentos ni por los lugares que aparecen en todas las guías de viajes. Hay algo en el norte de España que siempre me ha atraído. Me gustan sus paisajes, la lluvia, sus pueblos, su historia y esa forma de conservar tradiciones que, en otros lugares, parecen haberse ido perdiendo.

Con Euskadi, además, sentía una curiosidad especial. Siempre me han fascinado sus leyendas, su mitología y las historias que se esconden detrás de sus costumbres. Quería conocer esa tierra de la que tantas cosas había leído, escuchar sus historias allí donde habían nacido y descubrir cómo era la vida más allá de la imagen que solemos tener de ella.

Por eso, cuando por fin viajé a Bilbao, no iba buscando únicamente el Guggenheim ni una fotografía junto a la ría. Quería conocer la ciudad, caminar por sus barrios, entrar en sus tabernas y entender un poco mejor a quienes la habitan.

Foto de la Plaza nueva de Bilbao bajo la LLuvia

Uno de los primeros recuerdos que conservo de Bilbao es, precisamente, la lluvia. Aquel txirimiri que me acompañó mientras recorría el Casco Viejo durante una visita guiada. No era una lluvia intensa, de esas que te obligan a refugiarte en el primer portal, sino una llovizna fina que parecía formar parte de la ciudad. Lejos de estropearme la visita, terminó siendo uno de los detalles que más recuerdo. Al fin y al cabo, si algo tenía claro cuando decidí viajar al norte era que no esperaba encontrar cielos despejados todos los días. Ni falta que me hacía.

Mientras caminábamos por aquellas calles, escuchando las historias que nos contaba el guía, fui descubriendo que detrás de los comercios, las tabernas y los edificios del Casco Viejo había mucho más que un barrio pintoresco para visitar.

Aquella primera impresión se fue completando durante el resto de mi estancia. Bilbao conservaba edificios de tonos grises, huellas de su pasado industrial y una relación con la ría que ayudaba a entender buena parte de su historia. Al mismo tiempo, encontraba espacios recuperados, arquitectura contemporánea y una ciudad que parecía tener muy claro que todavía le quedaban muchas cosas por hacer.

Quería conocer ese Bilbao que convivía con su pasado sin quedarse detenido en él.

Las Siete Calles y la memoria de una ciudad que se levantó del agua

El Casco Viejo es uno de esos lugares por los que merece la pena caminar acompañado de alguien que conozca su historia. A simple vista, sus calles estrechas, sus comercios y sus tabernas podrían recordar a muchos otros centros históricos europeos. Sin embargo, Bilbao tiene una personalidad que empieza a entenderse cuando uno descubre la relación entre su origen mercantil, el puerto y la ría.

La villa fue fundada en 1300 y su núcleo histórico terminó articulándose alrededor de las conocidas Siete Calles: Somera, Artekale, Tendería, Belostikale, Carnicería Vieja, Barrenkale y Barrenkale Barrena. Sus nombres conservan parte de la memoria comercial y artesanal de aquel Bilbao que crecía gracias al intercambio de mercancías.

Calle del Casco Viejo de Bilbao, parte del núcleo histórico de la ciudad.

Durante mi visita, mientras el txirimiri seguía cayendo sobre las calles, hubo una historia que me impresionó especialmente: las inundaciones de agosto de 1983.

El guía nos habló de la altura que había alcanzado el agua en el Casco Viejo. Recuerdo intentar imaginar aquel mismo escenario, que ahora recorríamos tranquilamente, completamente inundado. Los comercios, las viviendas, las calles por las que paseábamos… Todo sometido a una fuerza difícil de comprender cuando uno conoce el lugar décadas después.

Las lluvias torrenciales de aquel agosto provocaron una de las grandes catástrofes de la historia reciente de Bilbao y Euskadi. Hubo pérdidas humanas, enormes daños materiales y una destrucción que afectó profundamente a la vida de miles de personas.

Sin embargo, mientras escuchaba las explicaciones, hubo algo que me llamó incluso más la atención que la altura del agua: la capacidad de los bilbaínos y las bilbaínas para reconstruir su ciudad.

Hoy recorremos el Casco Viejo entre tiendas, bares, edificios rehabilitados y visitantes que se detienen a fotografiar sus rincones. Resulta fácil disfrutar de todo ello sin pensar en el esfuerzo que hubo detrás de su recuperación.

Aquella mañana comprendí que las grandes transformaciones de una ciudad no siempre comienzan con un proyecto arquitectónico. A veces empiezan mucho antes, cuando sus habitantes tienen que enfrentarse a una desgracia y encontrar la manera de continuar.

El Casco Viejo, además, plantea una contradicción que conocemos bien en otros destinos: cuanto más atractivo resulta para los visitantes, más difícil puede llegar a ser conservar su vida cotidiana.

Las Siete Calles mantienen una intensa actividad comercial y gastronómica, pero también muestran señales de turistificación. No es algo exclusivo de Bilbao. Ocurre en numerosos centros históricos donde los negocios tradicionales deben convivir con una economía cada vez más orientada a quienes llegan de paso.

Me gusta visitar estos lugares, entrar en sus establecimientos y conocer su historia. Pero también creo que merece la pena preguntarnos qué sucede cuando un barrio empieza a ser más conocido por lo que ofrece al turista que por la vida de quienes lo habitan.

Porque un casco histórico no debería convertirse únicamente en un decorado bien conservado. Tiene que seguir siendo un barrio, con sus vecinos, sus comercios y sus propias maneras de vivir la ciudad.

El otro Bilbao: guitarras, punk y calles que no han perdido su carácter

Mientras recorría el Casco Viejo hubo algo que también me llamó la atención. Entre los turistas, las terrazas y los comercios me crucé con algunas personas de estética punk. Aquella imagen despertó mi curiosidad por una parte de la historia bilbaína de la que se habla bastante menos que de su transformación urbana.

Porque Bilbao también fue una ciudad de guitarras eléctricas, conciertos en pequeños locales y jóvenes que encontraron en la música una manera de expresar lo que estaban viviendo.

Durante los años ochenta, la crisis industrial golpeó con fuerza a Bilbao y a buena parte de su entorno. El cierre o la reconversión de empresas, el desempleo y la falta de expectativas marcaron a una generación que creció en un ambiente de importantes tensiones sociales y políticas. En aquel contexto, el punk y el rock se convirtieron en una forma de protesta, pero también de encuentro y expresión cultural.

De esa escena surgieron grupos como M.C.D., formado en Bilbao, o Vulpes, una banda femenina que desafió las convenciones de su época y protagonizó una de las grandes polémicas musicales de los años ochenta. En la cercana Santurtzi nacieron Eskorbuto y Zarama, dos nombres fundamentales para comprender la evolución del punk vasco, cada uno con su propia manera de entender la música y su relación con la sociedad.

Parte de aquella cultura encontró espacios de reunión en el propio Casco Viejo y sus alrededores. Calles como Barrenkale, Somera o Iturribide estuvieron vinculadas a una vida nocturna donde convivían bares, música y distintas escenas alternativas.

Me resultaba interesante pensar en todo aquello mientras caminaba por unas calles que hoy reciben visitantes de medio mundo. No sé si las personas con las que me crucé tenían alguna relación con aquella tradición musical, pero su presencia me recordó que las ciudades conservan su historia de muchas maneras. No siempre en los monumentos ni en las placas que explican lo que ocurrió allí.

A veces también en sus bares, en la música que sigue sonando y en quienes encuentran formas distintas de ocupar y vivir el espacio público.

Me gustó encontrar esa otra cara de Bilbao. No porque el punk sea una curiosidad que enseñar al visitante, sino porque forma parte de una historia que merece ser contada, especialmente ahora que tantos destinos parecen preocupados por ofrecer una imagen cada vez más uniforme.

La ciudad que hoy conocemos también se fue construyendo entre conflictos laborales, movimientos culturales, reivindicaciones sociales y generaciones que cuestionaron el mundo que habían heredado.

Y conocer esa historia ayuda a comprender que la transformación de Bilbao no fue únicamente una cuestión de edificios.

La ría: donde el pasado industrial convive con el futuro

Si el Casco Viejo me permitió descubrir parte de la historia social y cultural de Bilbao, caminar junto a la ría me ayudó a comprender la magnitud de su transformación.

Durante generaciones, la ría fue una de las grandes razones de ser de la ciudad. Por ella circulaban mercancías y alrededor de sus márgenes se desarrollaron actividades portuarias, siderúrgicas, navales e industriales que contribuyeron a convertir Bilbao y su entorno metropolitano en uno de los principales centros económicos del norte de España.

Aquella prosperidad también tuvo un coste. La industrialización transformó el paisaje, condicionó la vida de los barrios obreros y dejó una importante huella ambiental. Cuando llegaron las crisis industriales y la reconversión de las últimas décadas del siglo XX, Bilbao tuvo que enfrentarse a una situación complicada.

¿Qué hacer con una ciudad cuya economía y cuyo paisaje habían dependido durante tanto tiempo de la industria?

La respuesta no fue inmediata ni sencilla.

Vista de la ría de Bilbao rodeada de edificios y espacios urbanos.

Hoy resulta agradable pasear junto a la ría, observar los puentes, los edificios y los espacios públicos recuperados. Pero detrás de esa imagen hay años de planificación, inversiones, saneamiento ambiental y cambios económicos que afectaron profundamente a la ciudad.

Mientras caminaba por sus orillas, me llamaba la atención el contraste entre las construcciones contemporáneas y los restos de una arquitectura más sobria, vinculada al pasado industrial. Todavía había fachadas grises, edificios que parecían pertenecer a otra época y rincones donde la transformación no había borrado por completo las huellas anteriores.

Y me gustó que fuera así.

No tuve la sensación de encontrarme ante una ciudad avergonzada de su pasado. Más bien me pareció que Bilbao había aprendido a integrar parte de aquella herencia en un paisaje urbano muy diferente del que habían conocido las generaciones anteriores.

No todo lo antiguo necesita desaparecer para que llegue lo nuevo. Y contemplar ambas cosas en un mismo paseo permite entender mejor lo que ha sucedido allí.

El Guggenheim y la ciudad que decidió reinventarse

Es prácticamente imposible hablar del Bilbao contemporáneo sin mencionar el Museo Guggenheim. Inaugurado en 1997 y diseñado por Frank Gehry, el edificio se convirtió en uno de los grandes símbolos de la transformación urbana de la ciudad. Sus formas curvas y su revestimiento de titanio contrastan con la arquitectura industrial que durante décadas había caracterizado el paisaje de la ría.

Sin embargo, reducir toda la renovación de Bilbao a la construcción de un museo sería quedarse con una parte muy pequeña de la historia.

El Guggenheim fue un elemento fundamental, pero no el único. La recuperación de Abandoibarra, el saneamiento de la ría, las nuevas infraestructuras de transporte y la rehabilitación de espacios urbanos formaron parte de una transformación mucho más amplia.

Turviaje en el Museo Guggenheim de Bilbao

Turviaje en el Museo Guggenheim de Bilbao

El museo se ha convertido en uno de los grandes atractivos turísticos de Bilbao, y entiendo perfectamente por qué. Su arquitectura llama la atención incluso antes de entrar. Pero a mí me interesaba especialmente observar cómo se relacionaba aquel edificio con el resto de la ciudad.

No estaba contemplando únicamente una obra arquitectónica famosa. Estaba ante uno de los símbolos de una decisión mucho más ambiciosa: cambiar la manera en que Bilbao se organizaba, se presentaba al mundo y buscaba nuevas oportunidades económicas.

Y eso me hizo pensar en las ciudades que, después de atravesar épocas difíciles, tienen que decidir qué hacer con lo que han heredado.

La reconversión industrial dejó consecuencias profundas. Hubo trabajadores que perdieron sus empleos, familias que tuvieron que adaptarse y barrios que vieron desaparecer actividades que habían formado parte de su identidad durante generaciones. Nada de aquello se resolvió simplemente construyendo un museo.

Por eso me parece importante no confundir el éxito de una transformación urbana con la idea de que todos sus problemas han desaparecido. La evolución del empleo, el acceso a la vivienda o los efectos del turismo también forman parte de la realidad del Bilbao actual.

Aun así, mientras recorría la ciudad, tenía la impresión de que Bilbao había sabido abrir nuevas posibilidades sin necesidad de ocultar por completo sus antiguas cicatrices.

El Guggenheim atrae las miradas. Pero conocer la historia industrial, social y cultural de Bilbao permite comprender mucho mejor el significado de su presencia junto a la ría.

Bilbao también se descubre alrededor de una mesa

Hay una parte de los viajes que disfruto especialmente y que, en el País Vasco, tenía muchas ganas de conocer: su gastronomía. No solamente por los platos tradicionales, sino también por esa costumbre de entrar en un bar, acercarse a la barra y descubrir una variedad de pintxos que hace difícil decidirse por uno solo.

Bilbao es una ciudad que invita a hacerlo. El Casco Viejo, pero también las calles del Ensanche y del centro, están llenos de establecimientos donde comer y beber forman parte de la vida social. Y, como me suele ocurrir cuando viajo, terminé dedicándole bastante más tiempo del que había previsto.

Uno de los bares que visité fue El EME, todo un clásico bilbaíno, conocido especialmente por su famoso sándwich Torre. Es uno de esos establecimientos que forman parte de la memoria gastronómica de la ciudad y que han conseguido convertir una elaboración aparentemente sencilla en una de sus señas de identidad.

Sándwich Torre servido en el Bar El EME de Bilbao.

Sándwich Torre servido en el Bar El EME de Bilbao.

También pasé por El Globo, otro de los bares más conocidos de Bilbao. Allí probé su pintxo de tortilla con trufa y un txangurro gratinado. El primero había recibido reconocimientos gastronómicos, mientras que el segundo me permitió acercarme a una de esas preparaciones que reflejan la estrecha relación de la cocina vasca con el Cantábrico.

El txangurro, elaborado con centollo, es uno de los productos más representativos de la gastronomía marinera vasca. Gratinado, se convierte en una elaboración que merece la pena probar si se tiene la oportunidad.

Pintxos tradicionales en Bilbao

Y recuerdo especialmente un pintxo de costilla laqueada. La carne estaba tan tierna que fue uno de esos bocados que acabas comentando incluso después de salir del bar.

Pero no todo fueron establecimientos famosos. También entré en otros bares del centro cuyos nombres ya no recuerdo. En alguno terminé comiendo una buena cantidad de gildas, acompañadas de otros pintxos que iba eligiendo sobre la marcha.

Las gildas, con su combinación de aceituna, guindilla y anchoa, son uno de los aperitivos más característicos de la cultura gastronómica vasca. Me gusta esa mezcla de sabores intensos y, en Bilbao, reconozco que no me quedé precisamente con las ganas de repetir.

Aquellos bares menos conocidos tuvieron también su encanto. No necesitaba que aparecieran en una lista de los mejores establecimientos de la ciudad. Me bastaba con encontrar una barra apetecible, entrar y probar lo que ofrecían.

En el Casco Viejo también comí en Pentxo Restaurante, donde pedí pastel de cabracho y chipirones en su tinta.

El pastel de cabracho es una de esas elaboraciones que demuestran cómo la cocina puede transformar un pescado de aspecto poco agradecido en un plato delicado. Popularizado en la gastronomía vasca por cocineros como Juan Mari Arzak, forma parte de una tradición culinaria que combina el aprovechamiento del producto con la evolución de las recetas.

Plato de chipirones en su tinta, cubiertos por una salsa negra, servido en el restaurante Pentxo de Bilbao.

Chipirones en su tinta en Bilbao

Los chipirones en su tinta, por su parte, representan otra manera de entender el mar. Una cocina de sabores intensos, donde una salsa oscura que puede sorprender a quien no la conoce termina convirtiéndose en una de las grandes señas de identidad gastronómica del territorio.

Y después estaban los dulces.

Recuerdo una parada en una pastelería del Casco Viejo para probar la goxua, con sus capas de nata, bizcocho y crema, y la carolina, uno de los pasteles más característicos de Bilbao, reconocible por su merengue elevado sobre una base de hojaldre.

Carolina de Bilbao con merengue blanco en forma de cono, decorado con chocolate negro y cobertura amarilla sobre una base de tartaleta.

Carolina de Bilbao, dulce tradicional

La goxua tiene una vinculación especial con Vitoria-Gasteiz, aunque hoy se disfruta en distintos lugares del País Vasco. La carolina, en cambio, forma parte de la tradición repostera bilbaína.

Entre bares, restaurantes y pastelerías fui descubriendo una ciudad en la que comer no parecía una simple pausa entre visitas. Era otra manera de recorrerla, de conocer sus costumbres y de disfrutar de su ambiente.

Y quizá por eso guardo tan buen recuerdo de aquellas paradas. Algunas fueron en establecimientos famosos, con platos que forman parte de la identidad gastronómica de Bilbao. Otras, en bares de los que ni siquiera recuerdo el nombre.

Pero todas forman parte del viaje.

Porque hay ciudades que también se recuerdan por lo que uno comió en ellas. Y Bilbao, desde luego, es una de las mías.

Viajar sin prisas no significa renunciar a las visitas guiadas

Durante mi visita al Casco Viejo comprobé una vez más algo que siempre he valorado de los buenos guías: su capacidad para hacerte mirar de otra manera aquello que tienes delante.

La historia de las inundaciones de 1983 es un buen ejemplo. Sin aquellas explicaciones, probablemente habría recorrido las mismas calles sin imaginar hasta dónde había llegado el agua ni comprender del todo el esfuerzo que supuso recuperar aquella parte de la ciudad.

A veces se habla de viajar sin prisas como si significara rechazar cualquier actividad organizada, improvisar todos los recorridos o descubrir los lugares exclusivamente por nuestra cuenta.

No comparto esa idea.

Una visita guiada bien planteada puede ser una de las mejores maneras de comprender un destino. Permite conocer su contexto histórico, interpretar su patrimonio y descubrir aspectos que difícilmente aparecen en una fotografía.

Vista de una calle del Casco Viejo de Bilbao durante un recorrido por el centro histórico.

Vista de una calle del Casco Viejo de Bilbao durante un recorrido por el centro histórico.

Y después siempre queda espacio para la experiencia personal.

En Bilbao, el guía me ayudó a comprender mejor lo que estaba viendo. Pero fui yo quien se quedó pensando en aquellas inundaciones, quien se fijó en las huellas de la industria junto a la ría y quien terminó descubriendo, entre paseo y paseo, otros aspectos de la ciudad que no estaban necesariamente previstos.

Para mí, viajar sin prisas tiene mucho más que ver con prestar atención que con la manera de organizar un itinerario.

Se puede aprender muchísimo en una visita guiada y también descubrir cosas interesantes caminando sin un rumbo demasiado definido. Una experiencia no excluye a la otra.

Lo importante es conservar la curiosidad y dedicar tiempo a comprender los lugares que visitamos.

Bilbao, una ciudad que no ha terminado de cambiar

Cuando recuerdo Bilbao, vuelvo mentalmente a aquella mañana de lluvia en el Casco Viejo. A las calles mojadas, a las explicaciones del guía y a mi sorpresa al descubrir la altura que había alcanzado el agua durante las inundaciones.

También recuerdo los edificios industriales que todavía conservaban sus tonos grises junto a la ría, la arquitectura contemporánea que había transformado parte de su paisaje y aquellas personas de estética punk con las que me crucé mientras paseaba por las Siete Calles.

Son recuerdos bastante diferentes entre sí, pero todos me hablan de la misma ciudad.

Una ciudad que ha tenido que enfrentarse a momentos difíciles, que conserva una historia industrial y cultural muy marcada y que ha encontrado nuevas maneras de relacionarse con su entorno.

Bilbao me hizo pensar en cómo cambian los lugares y en lo complicado que puede resultar encontrar un equilibrio entre conservar lo que los hace reconocibles y adaptarse a las necesidades de quienes viven en ellos.

Parte nueva de Bilbao

Parte nueva de Bilbao

Porque una ciudad no es solamente su patrimonio arquitectónico ni la imagen que proyecta hacia el exterior. También son sus vecinos, sus comercios, sus trabajadores, sus barrios y las historias que se transmiten de una generación a otra.

Por eso espero que, entre las transformaciones que todavía estén por llegar, Bilbao siga encontrando espacio para todo aquello que le da personalidad. Que sus calles continúen siendo lugares donde vivir y no únicamente escenarios para visitar. Y que la recuperación de sus espacios urbanos siga teniendo sentido para quienes los utilizan cada día.

Si algún día decides conocer Bilbao, te recomendaría que no te quedaras únicamente con el Guggenheim. Camina por las Siete Calles, escucha las historias que esconden sus edificios, acércate a la ría y observa cómo conviven construcciones de épocas diferentes. Entra en sus bares, prueba sus pintxos y reserva tiempo para descubrir la ciudad sin estar pendiente constantemente de la siguiente visita.

No necesitas vivir las mismas experiencias que yo. Seguramente habrá rincones que a mí se me escaparon y que para ti acabarán siendo lo mejor del viaje.

A mí me quedan el sonido de la lluvia sobre las calles, la memoria de una ciudad que se levantó después de una catástrofe, las huellas de su pasado industrial y los sabores que fui descubriendo de bar en bar.

Y, por encima de todo, aquella impresión que me acompañó durante mi estancia: Bilbao no parecía una ciudad dispuesta a quedarse quieta.

Me fui pensando que recordar el pasado no significa tener que quedarse a vivir en él.

Y que, para una ciudad, avanzar tiene mucho más sentido cuando no olvida de dónde viene.

Bilbao no fue la única ciudad vasca que me dejó recuerdos especiales. Si te interesa seguir descubriendo Euskadi desde otra perspectiva, también puedes leer mi crónica sobre San Sebastián (Donosti), una ciudad que conocí sin prisas y más allá de los lugares que suelen aparecer en las guías.

Un saludo, nos vemos en el camino.

Pedro E Juzgado Noguero.

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